Psicólogos Bilbao comparte con vosotros las principales características de la intervención psicológica temprana en la infancia y adolescencia.

05.06.2013

Psicólogos Bilbao comparte con vosotros las principales características de la intervención psicológica temprana en la infancia y adolescencia.

La salud psicológica de los niños y adolescentes es un tema prioritario tal y como reconocer la propia Organización Mundial de la Salud, la Unión Europea y, en consecuencia, se recoge en la Estrategia Nacional de Salud Mental. En las últimas décadas, el avance respecto a la detección precoz de este tipo de trastornos, a su evaluación y al desarrollo de intervenciones eficaces en cualquiera de sus niveles (primaria, secundaria o terciaria) ha sido enorme.

Sin embargo, a pesar de que los tratamientos psicológicos son los de primera elección para la intervención en los problemas infanto-juveniles, el reto de la consolidación de servicios específicos sociosanitarios para niños y adolescentes en materia de salud mental está aún por conseguir. 

En el contexto de la investigación, cada vez son más los equipos que están trabajando en este tramo evolutivo. Es cierto que todavía dista mucho del desarrollo alcanzado actualmente por el trabajo con población adulta en todos los órdenes, pero se ha avanzado mucho en los últimos veinte años. Por ejemplo, hoy contamos con importantes colecciones editoriales destinadas exclusivamente a la evaluación, al diagnóstico y al tratamiento de los trastornos de la conducta y de la personalidad en el ámbito infanto-juvenil y ello, como es sabido, sólo se produce cuando un campo de trabajo ha superado claramente una buena parte de la fase investigadora y comienza a producir las aplicaciones que se derivan de tal desarrollo.

Respecto de la relevancia del incremento de las repercusiones que la salud infanto-juvenil está experimentando en los ámbitos económico y sociosanitario, hay que indicar que, como es sabido, el porcentaje de la población adulta que presenta alguna vez problemas psicológicos se corresponde con el de la población infanto-juvenil, alrededor del 20%. La psicopatología evolutiva tiene todavía mucho que decir y aclarar al respecto, pero cabe suponer que buena parte de los adultos con trastornos psicológicos antes fueron niños o adolescentes con esos mismos problemas o una elevada vulnerabilidad a presentarlos. Dejando al margen las cuestiones relativas al sufrimiento individual y familiar, las propias de la pérdida de oportunidades educativas y laborales, las repercusiones en el desarrollo personal-social, etc., los costes económicos y sociales derivados de la consolidación y generalización –cronificación- de estos problemas o trastornos son muy relevantes (horas de trabajo perdidas, consumo de psicofármacos, elevada frecuencia de uso de los servicios sociosanitarios, etc.). Piénsese, por ejemplo, en la elevada eficacia de los programas de tratamiento centrados en la detección e intervención temprana en el ámbito comunitario frente a la que se obtiene para tratar los mismos problemas en población adulta, cuando el problema o trastorno ya está cronificado; la partida más elevada del gasto sanitario se corresponde en todas las Administraciones con el gasto en psicofármacos (añádasele el derivado de la elevada frecuencia de uso de los servicios sanitarios y la pérdida de horas laborales, por ejemplo, para tener una idea al respecto).

En los ámbitos económico y sociosanitario, la relevancia de los problemas psicológicos en esta fase de la vida viene dada, entre otros factores, por el hecho de que la mayor parte de ese veinte por cien de adultos que requiere tratamiento psicológico o psiquiátrico a lo largo de su vida suele coincidir en gran medida con el mismo porcentaje de niños y adolescentes que presentan alteraciones psicológicas o elevada vulnerabilidad a presentarlas. 

Las repercusiones de estas coincidencias numéricas parecen obvias tanto desde el supuesto deseable de la prevención y la detección temprana como desde la intervención terciaria; las repercusiones en términos de sufrimiento y gasto sociosanitario son tremendas cuando, como hemos dicho, no se ha podido prevenir la ocurrencia de un trastorno o no se ha detectado e intervenido tempranamente. Insistimos en que el componente del gasto que hoy mantiene "en jaque" al sistema de salud es el incremento desmedido del gasto psicofarmacológico que, por otra parte, como reconoce el National Institute for Health and Clinical Excellence tiende a ser de por vida en la mayor parte de los casos.

El contexto educativo es un lugar privilegiado para prevenir, detectar e intervenir tempranamente en el tratamiento de los problemas psicológicos, como recordaba hace ya algún tiempo la profesora María del Carmen Saldaña (Saldaña, 2002). Es privilegiado porque los programas psicológicos pueden insertarse formando parte de la actividad cotidiana; de hecho así se contempla ya en los curricula educativos de algunas comunidades autónomas, pese a que no se realice o se realice inadecuadamente. En segundo lugar, los psicólogos podemos utilizar los recursos de la propia comunidad educativa para llevar a cabo tanto los tratamientos preventivos como los relativos a la detección e intervención temprana, sin incrementar los costes del sistema sociosanitario en términos de la infraestructura física ni de los referidos al gasto psicofarmacológico; manejar adecuadamente la influencia que tiene el líder de un grupo-clase, por ejemplo, puede constituirse en un recurso terapéutico de primer orden que no genera efectos secundarios, incrementa los valores humanos y produce extraordinarios efectos benéficos en determinados trastornos. En tercer lugar, no hay otro lugar mejor para valorar los efectos de los tratamientos psicológicos, tanto a través de medidas indirectas relativas a la integración y participación de los niños y de los chicos(as) en sus grupos naturales (grupo-aula) como a través de la observación y registro del comportamiento de manera directa.



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