Psicólogos Bilbao; especialistas en intervención psicológica en depresión y ansiedad, comparten con vosotros la idea de que es mejor aceptar que tratar de controlar los pensamientos negativos e intrusivos.

17.01.2017

Psicólogos Bilbao; especialistas en intervención psicológica en depresión y ansiedad, comparten con vosotros la idea de que es mejor aceptar que tratar de controlar los pensamientos negativos e intrusivos.

La facultad para controlar nuestra mente y dirigirla de forma voluntaria hacia aquellas tareas y contenidos que deseamos en cada momento es, probablemente, un anhelo tan antiguo como el mismo ser humano. No obstante, gozar de esta destreza parece algo muy alejado de la cotidianidad. El terapeuta desearía recordar el nombre del paciente que tiene delante; el alumno, la respuesta a la pregunta del examen que poco antes había estudiado; la persona que necesita comprar una medicina, la calle donde está la farmacia de guardia y que retenía en la mente hasta hace solo unos minutos.

Por el contrario, la mujer de un marido infiel, desearía no recordar más ese engaño que ella le perdonó hace ya tiempo; el empleado, el comentario desagradable de su jefe; el conductor, el accidente que le obligó a guardar reposo durante meses. Desembarazarse de un recuerdo desagradable, que vuelve una y otra vez, no parece nada sencillo, como tampoco lo es concentrarse sin distraerse en una tarea o recordar algo importante justo cuando se desea. Esta asimetría en el control mental es un motivo común de malestar y la motivación que conduce a muchas personas a las consultas psicológicas.

Durante décadas los psicólogos clínicos han desarrollado procedimientos con el objetivo de extinguir, disminuir y/o cambiar los pensamientos intrusos. Varios de estos métodos forman parte del arsenal terapéutico más identificado con la terapia cognitivo-conductual (por ejemplo, la parada de pensamiento, la distracción o la reestructuración cognitiva). Sin embargo, hoy en día estas técnicas han sido cuestionadas tanto desde la investigación básica como desde el campo clínico aplicado. Como alternativa, las nuevas corrientes de la terapia de conducta proponen recurrir a los métodos de aceptación y mindfulness ante la aparición de este tipo de pensamientos.

Desde sus primeras publicaciones en la década de los ochenta, los estudios de Wegner sobre supresión del pensamiento han resultado una inspiración fundamental para multitud de clínicos que cuestionaban la utilidad de las estrategias directas de control mental. En un principio, Wegner y sus colaboradores comprobaron la imposibilidad de los participantes de liberarse de una imagen mental (un oso blanco) durante cinco minutos cuando se les instruía específicamente en este sentido. Frente a lo que podría creerse antes de empezar el experimento, mantenerse libre del pensamiento resulta estadísticamente poco probable al cabo de unos pocos minutos. Y lo que es más importante: tratar durante un tiempo de eliminarlo parecía provocar el que resurgiese con más frecuencia e intensidad en un segundo momento del experimento. En pocas palabras: la supresión voluntaria del pensamiento acababa tornándose contraproducente.

Apoyados en evidencias como esta, las terapias de tercera generación han planteado una aproximación alternativa. Así, la Terapia de Aceptación y Compromiso, la Terapia Cognitiva con base en el Mindfulness, la Terapia Dialéctica Comportamental y la Activación Conductual han preconizado —al menos en determinados momentos de sus intervenciones— la conveniencia de no tratar de cambiar, eliminar o alterar los pensamientos intrusos, sino contemplarlos con distancia, "desliteralizarlos" y no reaccionar de una manera determinada ante ellos, sino solo observarlos. Pero ¿cuál de estas dos estrategias —control directo o aceptación— se ha mostrado más eficaz experimentalmente?

En conjunto, y con algunas excepciones que también han aparecido en varias investigaciones, la revisión empírica arroja unos resultados muy prometedores para las técnicas de aceptación y mindfulness de cara al manejo de los pensamientos y la respuesta emocional asociada a éstos. Sin embargo, otras estrategias cognitivo-conductuales -en particular: la distracción focalizada (sustituir el pensamiento intruso por otro entrenado previamente) y la reevaluación (una forma de reestructuración sobre la importancia o trascendencia del pensamiento intruso)- muestran resultados equivalentes. Por tanto, con el estado actual de la cuestión, es prematuro asegurar que los primeros deben desplazar a los métodos más convencionales. Al menos en el terreno experimental, podría afirmarse que "la partida está ahora mismo en tablas".

No obstante, si atendemos al interés que los métodos basados en la aceptación o el mindfulness están despertando en los clínicos de todo el mundo, es fácil que la balanza empiece a inclinarse a favor de la incorporación del enfoque de la tercera generación. Muchos terapeutas parecen encontrar en estas nuevas técnicas los métodos que echaban en falta para ayudar a sus pacientes para vérselas con determinados pensamientos. Por supuesto, este no es un argumento científico, y lo importante es que esa hipotética utilidad clínica se corrobore a través de investigaciones más amplias y mejor controladas. En particular, uno de los puntos a mejorar en la investigación consiste en la inclusión de seguimientos a largo plazo de la eficacia de las distintas técnicas. Hasta ahora los estudios analizan mayoritariamente qué pasa unos minutos o unas horas después de emplear una estrategia u otra, o cuál es su resultado tras una o pocas semanas. Es evidente que con datos a tan corto plazo no puede concluirse qué estrategias son mejores desde el punto de vista clínico, en el que lo importante son los resultados a meses y años vista.

Por otra parte, es un error no establecer diferencias entre los métodos empleados en la literatura científica de supresión de pensamiento y los propuestos en la clínica conductual. Las diferencias que existen entre un método como la parada de pensamiento y las estrategias de supresión de pensamiento típicamente usadas en experimentos son insoslayables. Otro tanto cabe decir respecto a la aceptación, pues no es igual un tratamiento que la promueva con metáforas y ejercicios específicamente diseñados y la justifique por los objetivos vitales, que ofrecer a los participantes únicamente unas indicaciones para "aceptar" "no hacer nada" ante los pensamientos que les sobrevengan.

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